El 91,7% de auditoría documental completada. El 54% de auditoría operativa. Son cifras concretas, y me alegra tenerlas. Pero si me pregunto qué significa realmente estar avanzando hacia la acreditación institucional 2026, la respuesta honesta no está en esos porcentajes. Está en que hemos tenido que mirarnos al espejo con rigor. Revisar procesos que dábamos por buenos. Documentar prácticas que funcionaban “porque siempre se hizo así”. Y en varios casos, reconocer que podemos hacerlo mejor. Eso no es cómodo. Y es exactamente lo que necesitábamos.
La acreditación, bien entendida, no es un sello que se obtiene. Es la consecuencia de construir una institución que funciona con evidencia, que aprende de sus resultados y que tiene la disciplina de mejorar sin esperar que alguien externo se lo exija.
En un momento donde la educación superior enfrenta presiones reales —tecnológicas, demográficas, económicas— las instituciones que sobreviven no son las más grandes ni las más antiguas. Son las que tienen la capacidad de cambiar antes de que el cambio se las imponga.
Por eso este proceso me importa más allá del estándar. Es una prueba interna de madurez institucional. Gracias a los equipos que han sostenido este trabajo con seriedad. No es menor lo que han hecho. Y lo que viene, la segunda mitad del proceso, la evaluación externa, la proyección 2026 requiere exactamente la misma actitud: menos formalismo, más convicción.
Sigamos avanzando juntos.
Fernando A. Martínez
Rector
Escuela de Comercio y Servicios


