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Escuela de Comercio

La educación a distancia dejó de ser una alternativa

Durante mucho tiempo hablamos de educación presencial y educación a distancia como si fueran dos mundos separados.

La pandemia aceleró un cambio que venía gestándose desde antes: estudiar ya no está necesariamente asociado a asistir a un campus. La evidencia muestra que estudiantes e instituciones están avanzando hacia un sistema de educación superior más flexible, digital y multimodal. El desafío ahora no es discutir si la educación a distancia tiene futuro, sino cómo aseguramos su calidad y aprovechamos todo su potencial.


Durante mucho tiempo hablamos de educación presencial y educación a distancia como si fueran dos mundos separados. La primera representaba la forma tradicional y, para muchos, legítima de enseñar; la segunda era vista como una alternativa dirigida principalmente a personas que, por razones laborales, familiares o geográficas, no podían asistir regularmente a una institución. Creo que la pandemia cambió definitivamente esa percepción. Lo que comenzó como educación remota de emergencia permitió que millones de estudiantes, docentes, familias y empresas experimentaran, muchas veces por primera vez, que era posible aprender, enseñar y trabajar de otra manera.


Lo interesante es observar qué ocurrió después. Cuando volvimos a la presencialidad, la educación a distancia no desapareció. Por el contrario, comenzó a incorporarse crecientemente a la operación regular de las instituciones. Hoy encontramos asignaturas online dentro de carreras presenciales, actividades sincrónicas y asincrónicas, simuladores, laboratorios remotos, evaluaciones digitales y experiencias híbridas. La discusión ya no se limita a si los contenidos teóricos pueden impartirse a distancia: la tecnología está ampliando progresivamente la frontera de las competencias prácticas que pueden desarrollarse mediante simulación, realidad virtual, laboratorios digitales e inteligencia artificial.

 

Los datos chilenos son ilustrativos. Según SIES, en 2026 la educación a distancia ya representa el 15,1% de toda la matrícula de pregrado y creció un 13,5% en solo un año, superando por primera vez a la histórica jornada vespertina. En los Institutos Profesionales alcanza nada menos que el 30% de la matrícula. Esto resulta especialmente relevante para un país en que una proporción importante de los estudiantes trabaja, tiene responsabilidades familiares o necesita compatibilizar sus estudios con otras actividades.

Pero hay otro dato quizás todavía más revelador. En 2019, antes de la pandemia, solo 8 de 59 universidades chilenas registraban estudiantes de pregrado a distancia. En 2025 eran 26 de 55, pasando de aproximadamente una de cada siete universidades a prácticamente una de cada dos. Incluso entre las universidades adscritas a gratuidad, la expansión es evidente: pasaron de 2 instituciones con matrícula online en 2019 a 13 en 2025. Esto demuestra que la educación a distancia dejó de ser patrimonio de unas pocas instituciones especializadas y está comenzando a convertirse en una capacidad transversal del sistema de educación superior chileno.

El cambio se observa también en quiénes están ofreciendo estos programas a distancia. Universidades tradicionales, estatales, privadas, Institutos Profesionales y CFT están incorporando formación online. Lo vemos especialmente en educación técnico-profesional, continuidad de estudios, educación continua (incluso SENCE financia cursos eLearning) y postgrado. En este último ámbito la señal es particularmente fuerte: entre 2022 y 2026 la matrícula de magíster a distancia creció más de 60%, mientras disminuyeron las tradicionales jornadas diurnas y vespertinas. Para el profesional que trabaja, la posibilidad de estudiar dónde y cuándo sus circunstancias se lo permiten está dejando de ser un beneficio adicional para transformarse en una expectativa.

Existe además un cambio profundo en el mercado del trabajo. El Future of Jobs Report 2025 estima que cerca del 39% de las competencias actuales de los trabajadores cambiarán o quedarán obsoletas hacia 2030. En ese contexto, ya no podemos seguir pensando la educación superior como algo que ocurre una sola vez entre los 18 y los 24 años. Las personas deberán entrar y salir recurrentemente del sistema educativo durante toda su vida laboral. Cursos breves, certificaciones, diplomados, postítulos, carreras y postgrados deberán convivir en trayectorias mucho más flexibles. La educación a distancia tiene condiciones privilegiadas para responder a esa nueva realidad.

Nada de esto significa que la presencialidad vaya a desaparecer ni que todo deba enseñarse online. Esa sería una falsa discusión. La evidencia acumulada muestra que la calidad depende mucho más del diseño pedagógico, de la preparación de los docentes, del acompañamiento a los estudiantes, de la evaluación y de los recursos disponibles que de la modalidad por sí sola. El propio sistema chileno de aseguramiento de la calidad ya reconoce niveles avanzados y de excelencia en instituciones que desarrollan una operación significativa online o multimodal.

Por eso pienso que el futuro de la educación superior será cada vez más digital. Instituciones disponibles para el estudiante y no únicamente estudiantes disponibles para la institución. Chile debería anticipar esta transformación y revisar también sus políticas públicas. Resulta paradójico, por ejemplo, que cada vez más universidades adscritas a gratuidad desarrollen educación a distancia mientras este tipo de programas continúa excluido de ese beneficio. La educación a distancia ya no necesita demostrar que llegó para quedarse. El desafío que tenemos ahora es bastante mayor: convertirla en una herramienta efectiva de calidad, inclusión, flexibilidad y aprendizaje durante toda la vida.

José Antonio Álvarez de Toledo, vicerrector académico ECS.