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Escuela de Comercio

Las salas vacías no son el problema

El rector de la Universidad de Santiago escribió que las salas vacías son una señal que no podemos ignorar. Tiene razón. Pero la señal apunta en otra dirección.


Se describe con precisión al estudiante chileno de hoy: trabaja, viaja largas distancias, es primera generación en la educación superior. Luego concluye que el desafío es lograr que ese estudiante sienta que vale la pena asistir. Ahí está el error de diagnóstico. Ese estudiante no abandonó la sala de clases. La sala de clases nunca fue diseñada para él.


Pero hay un segundo error, más profundo, y es el que me interesa discutir: la idea de que la comunidad —eso que la universidad ofrecería y la tecnología no puede reemplazar— solo se construye compartiendo un espacio físico.


Miremos el mercado laboral al que estos estudiantes van a entrar. Equipos distribuidos en varias ciudades y países. Proyectos que se coordinan por videollamada. Liderazgos que se ejercen por escrito, en plataformas, de manera asincrónica. Redes profesionales que se tejen en el mundo digital antes que en un pasillo. El Foro Económico Mundial, en su informe sobre el futuro del empleo, ubica la colaboración entre las habilidades humanas de mayor crecimiento hacia 2030. Pero no especifica que esa colaboración ocurra en una sala. Porque cada vez menos ocurre ahí.


Generar vínculos a distancia, construir confianza sin compartir oficina, coordinarse con personas que no se ven todos los días: esas no son carencias de la educación online. Son competencias que el trabajo moderno exige y que la educación presencial, paradójicamente, no entrena.


El estudiante que cursa su carrera en línea mientras trabaja no está recibiendo una versión disminuida de la experiencia universitaria. Está practicando, todos los días, el modo en que va a trabajar el resto de su vida: gestionar su tiempo, colaborar en remoto, sostener relaciones profesionales mediadas por la tecnología. La presencialidad obligatoria, en cambio, entrena para una oficina que ya no existe.


Esto no significa que la comunidad no importe. Importa, y mucho. Pero comunidad y sala de clases no son sinónimos. La comunidad se construye con cohortes que avanzan juntas, tutorías que acompañan, proyectos colaborativos, redes de egresados activas. Todo eso puede existir —y existe— sin un campus de por medio. Lo que no puede existir es comunidad por decreto de asistencia. Una sala llena de estudiantes aburridos, como el propio estudio citado por el rector Palominos sugiere, no es comunidad. Es ocupación de infraestructura.

La educación superior chilena tiene que dejar de medir su éxito por la cantidad de cuerpos en una sala y empezar a medirlo por algo más exigente: si sus egresados saben trabajar en el mundo real. Y el mundo real, hoy, es híbrido, distribuido y digital.
Cuando una sala se vacía, la pregunta no es solo qué universidad les estamos ofreciendo a los estudiantes. Es también, para qué mundo los estamos preparando.

Fernando Martínez Santana, rector de la Escuela de Comercio y Servicios

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